Los principios de la gobernanza a través del prisma de las dimensiones culturales de Hofstede
Cultura e instituciones: más allá de las evidencias
Todo proceso de gobernanza se basa en reglas —formales o informales—, en interacciones entre actores (p. ej., colaboración, negociación, conflictos) y en arquitecturas institucionales. Estos elementos no operan en el vacío: son interpretados, apropiados y, en ocasiones, eludidos por actores cuyos comportamientos están profundamente moldeados por su cultura. Pero ¿cómo descifrar este contexto cultural?
El trabajo de Geert Hofstede —psicólogo social que realizó estudios pioneros y extensivos sobre las culturas en las organizaciones— constituye un aporte fascinante para explorar las dinámicas de los sistemas de gobernanza. En efecto, las dimensiones culturales que identificó (Tabla I) son variables de contexto —no atributos individuales—, que configuran la manera en que los actores interactúan entre sí, perciben los problemas, conciben y negocian las reglas, y se someten, interpretan o cuestionan los acuerdos.
Hofstede suele asociarse al mundo de la empresa y de las organizaciones multinacionales, lo que explica tanto su amplia difusión como cierta desconfianza hacia su uso en los ámbitos de la gobernanza pública y el desarrollo. Sin embargo, su contribución fundamental no se centra en la empresa como tal, sino en la forma en que las sociedades estructuran, de manera en gran medida inconsciente, su relación con la autoridad, la norma, la incertidumbre, lo colectivo y el conflicto.
En este sentido, Hofstede no propone una teoría normativa de la “buena” organización, sino una gramática cultural que permite comprender por qué dispositivos institucionales idénticos producen efectos radicalmente distintos según los contextos. Esta perspectiva resulta especialmente valiosa para la gobernanza de los recursos naturales, un campo en el que los fracasos no se deben necesariamente a la ausencia de reglas, sino mucho más a su deficiente apropiación social.
Tabla I. Dimensiones culturales de G. Hofstede, sentido general y acrónimo en inglés
| Dimensión | Sentido general |
|---|---|
| Distancia jerárquica (PDI) | Aceptación social de las desigualdades de poder |
| Evitación de la incertidumbre (UAI) | Tolerancia a la ambigüedad y a la imprevisibilidad |
| Individualismo / Colectivismo (IDV) | Primacía del individuo o del grupo |
| Masculinidad / Feminidad (MAS) | Orientación hacia la competencia o la cooperación |
| Orientación a largo / corto plazo (LTO) | Relación con el tiempo, la sostenibilidad y el esfuerzo diferido |
| Indulgencia / Restricción (IVR) | Control social de los deseos y de las emociones |
Articular a Ostrom y Hofstede: principios de gobernanza que nunca son culturalmente neutros
Los principios de diseño de sistemas de gobernanza robustos propuestos por la premio Nobel de Economía Elinor Ostrom transformaron profundamente la comprensión de la ingeniería institucional aplicada a los recursos comunes. La fortaleza de estos principios radica en su carácter empírico, no ideológico y adaptable. Sin embargo, su implementación concreta revela un límite estructural: describen qué funciona, pero dicen poco sobre cómo y por qué estos principios toman formas distintas según los contextos culturales.
Es precisamente en este punto donde la lectura de los principios de Ostrom a través de las dimensiones culturales de Hofstede se vuelve determinante. A continuación, proponemos un ejercicio en ese sentido.
- Definición clara de fronteras y miembros del sistema
Ostrom subraya la necesidad de fronteras claramente definidas, tanto para el recurso como para la comunidad de usuarios. No obstante, la manera en que estas fronteras son percibidas, aceptadas y respetadas puede depender fuertemente de dimensiones culturales como la distancia jerárquica (PDI) y el grado de colectivismo (IDV).
Por ejemplo, en contextos de fuerte jerarquía, las fronteras pueden considerarse legítimas porque son impuestas por una autoridad reconocida, aun cuando no hayan sido debatidas. En cambio, en contextos de baja distancia jerárquica, una frontera no negociada puede percibirse como arbitraria y dar lugar a prácticas de evasión. La sensibilidad a las dimensiones culturales permite distinguir entre fronteras formalmente claras y fronteras culturalmente legítimas.
Durante un proceso de negociación o análisis, pueden plantearse las siguientes preguntas:
- ¿Las reglas actuales se perciben como legítimas por estar formalmente establecidas o por ser socialmente reconocidas?
- ¿La autoridad que define las reglas es considerada naturalmente legítima, o debe justificar y explicar sus decisiones?
- ¿Existen reglas oficialmente claras pero sistemáticamente eludidas en la práctica, y dichos desvíos son socialmente tolerados?
Asimismo, conviene detectar señales débiles, como una fuerte adhesión declarada a las reglas acompañada de prácticas informales generalizadas.
- Congruencia entre reglas de apropiación y condiciones locales
El principio de congruencia es central en Ostrom: las reglas deben adaptarse a las condiciones locales. Hofstede permite precisar que estas condiciones no son solo ecológicas o económicas, sino también culturales.
Por ejemplo, en contextos con alta evitación de la incertidumbre (UAI), reglas excesivamente flexibles pueden generar ansiedad y una no conformidad pasiva, incluso si son ecológicamente racionales. A la inversa, en contextos más tolerantes a la ambigüedad, una sobrerregulación puede ahogar la apropiación local.
Durante un proceso de análisis o negociación, puede explorarse:
- ¿Los actores demandan mayor precisión y procedimientos, o más márgenes de interpretación?
- ¿La ambigüedad normativa se vive como una libertad o como una fuente de ansiedad?
- ¿Los cambios en las reglas generan resistencia abierta, conformidad pasiva o racionalización a posteriori?
Una señal débil a observar es la satisfacción declarada frente a reglas que, sin embargo, producen estrés o ineficiencia.
- Dispositivos de elección colectiva
Ostrom destaca la importancia de permitir que los usuarios participen en la modificación de las reglas. Sin embargo, la participación no significa lo mismo en todos los contextos.
En culturas con fuerte distancia jerárquica (PDI) o colectivistas (IDV), la participación abierta y deliberativa puede entrar en tensión con normas de respeto, preservación de la “imagen” o armonía social. El silencio no implica necesariamente falta de adhesión.
La atención a las dimensiones culturales permite evitar la confusión entre participación observable y participación efectiva, y adaptar los mecanismos de elección colectiva a formas culturalmente legítimas de consulta. Algunas preguntas clave:
- ¿Se espera que la participación adopte la forma de intervenciones públicas, consultas indirectas o mediaciones discretas?
- ¿El silencio en reuniones se interpreta como acuerdo, evitación o presión social?
- ¿Quiénes participan activamente y quiénes permanecen sistemáticamente al margen?
Una señal débil puede ser un dispositivo participativo formalmente inclusivo, pero con expresión concentrada en unos pocos actores.
- Monitoreo y control
El principio de monitoreo suele interpretarse como un mecanismo técnico u organizativo, pero también es un hecho cultural. En contextos colectivistas (IDV) o de fuerte restricción, la vigilancia informal entre pares puede ser muy eficaz, al apoyarse en la reputación y el honor. En contextos más individualistas, esta misma vigilancia puede percibirse como intrusiva y generar resistencia.
La sensibilidad cultural ayuda a comprender por qué sistemas de control poco formalizados pueden resultar más efectivos que dispositivos sofisticados importados desde el exterior. Cabe preguntarse:
- ¿La vigilancia es más eficaz cuando es formal o cuando se apoya en mecanismos sociales informales?
- ¿El control entre pares se percibe como responsabilidad colectiva o como intromisión?
- ¿Las infracciones se señalan primero de forma oficial o se tratan informalmente?
Una señal débil es la existencia de dispositivos de control complejos con bajo cumplimiento efectivo de las reglas.
- Sanciones graduadas
Las sanciones graduadas son un pilar de la gobernanza de los comunes. No obstante, su aceptabilidad depende de la relación cultural con la norma, la vergüenza y la confrontación.
En algunos contextos, una sanción explícita y formal puede vivirse como una humillación pública destructiva; en otros, la ausencia de sanción visible se interpreta como debilidad institucional. Las dimensiones culturales permiten anticipar efectos perversos de las sanciones, no tanto en términos de severidad, sino de significado social. Conviene interrogar:
- ¿Cuál es la sanción más disuasoria en este contexto: la formal, la pérdida de reputación, la exclusión simbólica?
- ¿Una sanción explícita refuerza la norma o genera ruptura relacional?
- ¿Las sanciones se aplican de forma visible o discreta, y por qué?
Una señal débil es la existencia de sanciones previstas pero raramente aplicadas, o aplicadas de forma selectiva sin justificación explícita.
- Mecanismos de resolución de conflictos
La existencia de arenas locales para la resolución o transformación de conflictos refuerza los sistemas de gobernanza. Considerar las dimensiones culturales (IDV) ayuda a comprender por qué algunos actores privilegian mecanismos indirectos, mediados o informales, mientras que otros aceptan la confrontación directa.
El silencio, la lentitud o la evitación no son necesariamente disfunciones, sino estrategias culturalmente coherentes de gestión de tensiones. Algunas preguntas orientadoras:
- ¿Los conflictos se tratan mediante confrontación directa, mediación o evitación prolongada?
- ¿Existen espacios no oficiales donde los conflictos se resuelven realmente?
- ¿El recurso a instancias formales se percibe como último recurso o como escalada innecesaria?
Una señal débil es el bajo número de conflictos declarados pese a tensiones evidentes en el terreno.
- Reconocimiento mínimo de los derechos de organización
Finalmente, el reconocimiento por parte de autoridades externas del derecho de los grupos locales a autoorganizarse es una característica clave de los sistemas de gobernanza duraderos. En contextos de alta distancia jerárquica (PDI), este reconocimiento formal suele ser condición previa para la legitimidad interna. En contextos de baja jerarquía, puede ser secundario frente al reconocimiento social horizontal (IDV).
Las dimensiones culturales permiten distinguir entre legitimidad jurídica y legitimidad cultural, ambas necesarias pero raramente sincronizadas. En este marco, conviene preguntar:
- ¿Es necesaria la validación externa para que las reglas sean respetadas localmente?
- ¿Los actores confían más en la norma local o en la institución formal?
- ¿La falta de reconocimiento externo debilita la gobernanza local o es compensada por una fuerte cohesión interna?
Una señal débil puede ser la existencia de reglas respetadas localmente pero jurídicamente frágiles, o a la inversa.
La relectura de los principios de gobernanza de los comunes a través del prisma de las dimensiones culturales de Hofstede aporta una reflexión viva y social, como una gramática institucional sensible al contexto cultural. Este enfoque permite diagnosticar desajustes culturales invisibles antes de que produzcan fracasos institucionales, constituyendo así una capa interpretativa entre los principios formales de gobernanza y las prácticas locales efectivas.
Atención a los efectos contraintuitivos y a los paradojos
Uno de los aportes más perturbadores —y a la vez más útiles— de Hofstede reside en el carácter contraintuitivo de algunas dimensiones, resultado de mecanismos colectivos de compensación, normalización y reducción de disonancias. A continuación se presentan algunas dimensiones particularmente relevantes para la gobernanza, destacando estos efectos paradójicos. Cuidado con las interpretaciones apresuradas.
En contextos de alta distancia jerárquica (PDI), la gobernanza tiende a ser formalmente centralizada, vertical y poco participativa en la práctica. Sin embargo, estas sociedades suelen exhibir un discurso normativo muy favorable a la participación, la consulta y la igualdad. Esta valorización ideológica actúa como mecanismo compensatorio: cuanto más estructural y aceptada es la asimetría de poder, más deseable se vuelve simbólicamente el ideal participativo. Por el contrario, en sociedades de baja distancia jerárquica, la participación es tan rutinaria que no requiere puesta en escena ni justificación ideológica. Para la gobernanza, esto implica que la adhesión declarada a principios participativos no es un indicador fiable de su implementación real.
La evitación de la incertidumbre (UAI) introduce un segundo conjunto de paradojas. Lejos de rechazar todo riesgo, estas sociedades buscan reducir la ambigüedad, la imprevisibilidad y la ausencia de referentes normativos. En gobernanza, esto se traduce en preferencia por reglas detalladas, procedimientos codificados e instituciones ritualizadas. No obstante, estos mismos contextos pueden tolerar —o incluso promover— comportamientos objetivamente riesgosos, siempre que sean conocidos, repetidos y simbólicamente controlados. El peligro familiar resulta preferible a la incertidumbre abstracta. Así, sistemas de gobernanza rígidos pueden coexistir con prácticas informales intensas que absorben las tensiones generadas por el exceso normativo.
Las dimensiones individualismo–colectivismo (IDV) influyen en la construcción de la legitimidad de las reglas. En sociedades colectivistas, la gobernanza se apoya menos en principios abstractos que en la integración de las normas en un entramado relacional denso. La conformidad es alta, pero mayormente informal. De forma contraintuitiva, estos sistemas pueden ser muy robustos sin dispositivos formales sofisticados, ya que la presión social compensa la ausencia de mecanismos jurídicos explícitos. En sociedades individualistas, la proliferación de reglas escritas y derechos formales busca precisamente compensar la debilidad de las obligaciones relacionales.
Finalmente, la orientación a largo plazo (LTO) influye profundamente en la temporalidad de la gobernanza. Las sociedades orientadas al largo plazo aceptan sacrificios presentes en nombre de equilibrios futuros, mientras que las orientadas al corto plazo privilegian la adaptación pragmática. El paradojo reside en que los sistemas de largo plazo pueden imponer costos actuales muy elevados, justificados por una racionalidad diferida, mientras que los sistemas de corto plazo compensan su inestabilidad mediante una gran capacidad de ajuste.
En conjunto, integrar a Hofstede en el análisis de la gobernanza permite reconocer que las reglas no solo producen comportamientos, sino también ideologías compensatorias, racionalizaciones colectivas y equilibrios paradójicos. Es precisamente esta lectura la que hace de su obra una contribución tan estimulante para la reflexión sobre los sistemas de gobernanza.
Implicaciones para la facilitación de los procesos de gobernanza
Imagínese en el rol de facilitador o participante en un proceso de negociación: ¿cómo interpreta el silencio de sus interlocutores? ¿Como consentimiento tácito? ¿Como incomodidad? ¿Como señal de reflexión? De igual modo, ¿la toma de palabra se percibe como confrontación? ¿La búsqueda de consenso como debilidad o como virtud?
Ignorar estas diferencias expone los procesos participativos a errores recurrentes: exclusiones involuntarias, malentendidos persistentes, sobrerrepresentación de ciertos actores o bloqueos interpretados erróneamente como falta de compromiso.
En los procesos de gobernanza y negociación colaborativa, el aporte de las dimensiones culturales de Hofstede constituye ante todo un principio de prudencia interpretativa. Invita al facilitador a suspender juicios apresurados y a no confundir:
- ausencia de conflicto visible con robustez institucional;
- participación observable con compromiso real;
- conformidad declarada con apropiación efectiva de las reglas.
Una facilitación culturalmente informada no consiste en imponer “buenas prácticas” universales, sino en reconocer que reglas, procedimientos y dispositivos participativos siempre están mediados por esquemas culturales. Según el contexto, la contestación puede ser indirecta o diferida; la adhesión puede basarse en la lealtad al grupo más que en la convicción individual; el respeto a las reglas puede reflejar sumisión a la autoridad más que acuerdo con su contenido.
Desde esta perspectiva, la facilitación se convierte en un trabajo de indagación institucional y relacional, que consiste en formular las preguntas adecuadas en el momento oportuno:
- ¿de dónde proviene realmente la legitimidad de las reglas?
- ¿quién puede expresarse, en qué espacios y de qué manera?
- ¿qué se percibe como una sanción justa o injusta?
- ¿dónde y cómo se resuelven efectivamente los conflictos: en sesión, en espacios informales, mediante mediación o a través del retiro silencioso?
Entendida así, la sensibilidad a las dimensiones culturales no busca encasillar a los actores, sino aumentar la capacidad del proceso de gobernanza para detectar tensiones invisibles, prevenir malentendidos y transformar conflictos latentes en objetos de regulación colectiva. Es a este precio que la participación deja de ser formal para volverse institucionalmente significativa.
Precauciones finales indispensables: diversidad interna y sesgos del modelo
Dos precauciones deben formularse explícitamente.
En primer lugar, los rasgos culturales nunca son homogéneos dentro de un grupo. Aunque los actores compartan una historia nacional o institucional, sus trayectorias, pertenencias étnicas, lingüísticas, religiosas o territoriales pueden divergir significativamente. Esta heterogeneidad es particularmente marcada en regiones como América Latina, donde herencias coloniales, cosmovisiones indígenas, culturas campesinas y normas institucionales modernas coexisten de manera tensa. Toda utilización de Hofstede debe, por tanto, mantenerse como hipótesis revisable y atenta a las variaciones internas.
En segundo lugar, es necesario reconocer que el trabajo de Hofstede, debido a sus orígenes y finalidades iniciales vinculadas al mundo empresarial, no está exento de sesgos ideológicos. Sus categorías pueden invisibilizar relaciones históricas de poder, naturalizar ciertas desigualdades o subestimar dinámicas de transformación social. Ser consciente de ello no implica rechazar su aporte, sino utilizarlo como herramienta crítica, y no como una rejilla explicativa totalizante.
Conclusión
Integrar a Hofstede en la reflexión sobre la gobernanza de los recursos naturales no significa culturalizar los problemas ni relativizar indefinidamente las reglas. Significa reconocer que toda gobernanza es un encuentro entre instituciones formales y culturas vividas. Es en ese espacio —a menudo invisible— donde se juegan la robustez, la apropiación y, en ocasiones, el fracaso de los sistemas de gestión de los comunes. Incorporar estas dimensiones aporta una riqueza analítica y exploratoria a los mecanismos institucionales y una nueva sensibilidad hacia la complejidad de las interrelaciones entre actores. Es a esta condición que las herramientas de gobernanza dejan de estar simplemente bien diseñadas para volverse socialmente operativas.
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