L'Ethique Barbare

Después del Contrato social: una Ética Bárbara

 

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La última década ha revelado con una claridad brutal lo que muchos ya intuían: las élites políticas y económicas de nuestro tiempo tratan las obligaciones, los acuerdos y los límites con un cinismo ya asumido. Los dispositivos heredados de las dos guerras mundiales —el derecho internacional, el equilibrio de poderes, las instituciones multilaterales— pudieron dar la ilusión de un suelo mínimo de contención. Esa ilusión se disipa.

Cuando los marcos caen, no quedan más que los cuerpos, los actos y sus consecuencias. Ni la ley, ni la moral, ni las promesas abstractas protegen ya del hambre, del arbitrio o de la violencia. Este momento no es excepcional en la historia; es, por el contrario, uno de sus regímenes ordinarios.

Lo que es nuevo es nuestra persistente negativa a reconocerlo. Seguimos hablando como si las garantías aún se sostuvieran, como si las instituciones nos debieran protección, como si la violencia siguiera siendo una anomalía. Ya no lo es. Ha vuelto a convertirse en una condición estructurante.

La ley del más fuerte, el hecho del príncipe, la suspensión oportunista de las reglas son hoy reivindicados, incluso por quienes se presentan como guardianes de las democracias liberales. La represión creciente de las protestas ciudadanas, la criminalización de los defensores del medio ambiente o de los derechos humanos, la reducción de las libertades fundamentales —particularmente visibles desde la crisis del COVID-19— señalan una ruptura profunda. En el plano internacional, las violaciones reiteradas de los compromisos colectivos y la impunidad frente a los crímenes de masas terminan de fragilizar la propia idea de un derecho común.

Este comportamiento envía un mensaje inequívoco a las poblaciones: los diques destinados a proteger los cuerpos y los destinos individuales y colectivos ya no residen en un poder delegado a otros.

Con el derrumbe del derecho internacional y del Estado de derecho, el Contrato social se descompone lógicamente. Ese contrato se basaba en un intercambio implícito: la delegación de la exclusividad del uso de la violencia legítima a cambio de la promesa de protección estatal. Cuando esa promesa deja de cumplirse, ¿qué queda? ¿Cómo protegerse sin una policía fiable, sin una justicia creíble, sin un arbitraje reconocido? ¿Cómo evitar la espiral de la venganza, de la depredación o de la desesperación? ¿Cómo no convertirse en bárbaro?

Sin embargo, ya lo somos. Bárbaro. Todos. Siempre.

La historia lo recuerda sin cesar: el bárbaro es siempre el otro. Griegos y romanos, romanos y galos, francos y teutones, otomanos y occidentales: cada civilización ha proyectado sobre sus vecinos la figura de la crueldad absoluta para justificar sus propias violencias. El bárbaro empala; nosotros quemamos. El bárbaro masacra; nosotros civilizamos por la fuerza. Esta reversibilidad debería vacunarnos contra la ilusión moral.

El bárbaro es siempre el otro. El sin fé, sin valores, sin piedad, sin compasión. El antisocial. Y la ruptura del Contrato social no condamna a ser entonces los bárbaros del otro. La cuestión ya no es evitarlo, sino llegar a serlo conscientemente. Si estoy destinado a ser bárbaro (de nuevo), ¿qué bárbaro elegiré ser?

Es evidente que, en condiciones extremas, la supervivencia material prima. En la urgencia, uno se convierte en cualquier tipo de bárbaro. Pero si las circunstancias dejan espacio para una reflexión mínima, surge otra pregunta: ¿qué guiará mis actos cuando los marcos exteriores hayan desaparecido?

Es esta pregunta la que propongo explorar, no en soledad, sino en compañía de otros bárbaros. No por gusto por la transgresión, sino porque compartimos la misma condición. Somos unos pocos en un barco desmantelado, atrapados en la tormenta, sin un horizonte claro. No discutimos que color pintaremos el casco en un puerto hipotético; solo buscamos retrasar el momento en que nos lancemos unos contra otros.

 


El mundo que se abre a una velocidad vertiginosa se caracteriza por una convergencia de grandes trastornos: desajuste climático, colapso de los marcos jurídicos, concentración extrema del poder económico, avances tecnológicos incontrolados, precarización masiva del trabajo, ascenso de estructuras mafiosas, dependencia digital generalizada. Considerados aisladamente, cada uno de estos fenómenos bastaría para transformar radicalmente nuestras sociedades. Juntos, producen un régimen de incertidumbre implacable.

En este contexto, los referentes heredados de las generaciones anteriores ya no funcionan. La autoridad es sospechosa, la información inestable, las reglas cambiantes. Las morales universales que prometen mañanas justos parecen fuera de alcance. Ya no se trata de vivir bien, sino de resistir.

No tengo ninguna certeza que ofrecer. Toda pretensión de decir el Bien, invoque a Platón, a Kant o a cualquier otra figura tutelar, sería hoy un ejercicio retórico. El bárbaro desconfía de las verdades eternas. Busca otra cosa: una ética fundada no en la promesa, sino en la posibilidad.

Imaginemos entonces esto: el barco hace agua, el timón no responde, la tripulación está fragmentada. La justicia es arbitraria, la policía parcial, las decisiones absurdas. Las cargas se arrojan por la borda al azar, a veces junto con los hombres. Los piratas prosperan con la bendición del capitán. En esta situación, tengo en la mano un clavo oxidado. Lo usaré para sobrevivir si es necesario. Tal vez también para ayudar a otro. Es poco. Pero es real.

 


Puesto que los marcos colectivos se han derrumbado, toda ética viable debe contener en germen un modo mínimo de coexistencia. La ética bárbara no pretende fundar una moral universal ni ofrecer un refugio definitivo. Es una ética de horizonte corto, concebida para tiempos inestables, revisable por principio. No dice qué debe ser el Bien, sino qué permite aún resistir sin perderse y sin volver imposible toda coexistencia.

Si es ante todo interior, no lo es por repliegue. No se funda ni en la pura coherencia personal ni en el miedo a la degradación moral, aunque estos motivos puedan existir. Se apoya en algo más frágil: el reconocimiento anticipado del otro como aliado posible. No como aliado seguro, ni como semejante, sino como un ser con el que un futuro común, por mínimo que sea, aún no está definitivamente excluido. Este reconocimiento no es una virtud. Es una condición de supervivencia.

La ética bárbara no excluye la violencia. Para nada. Proscribe su gratuidad. Toda violencia inútil, humillante o gozosa cierra de forma irreversible la posibilidad del pacto. Incluso cuando se impone, la violencia sigue sometida a un principio de responsabilidad: sus efectos deben ser asumidos y proporcionados. La historia lo muestra con claridad: el acaparamiento obsesivo fabrica mecánicamente enemigos.

En este barco, el pacto no nace de un juramento, sino de una contención observable. Es frágil, reversible, sin ilusiones. Pero mientras se sostiene, retrasa el momento en que el clavo deberá ser clavado.

Existen, sin embargo, situaciones en las que ningún pacto es posible. Cuando la violencia se vuelve estructural, cuando la desproporción es organizada, cuando la sumisión se exige sin fin, la ruptura ya no es una falta moral, sino una necesidad. En esa lucha, los otros bárbaros se convierten en aliados posibles. No para fundar un orden justo, sino para negarse a desaparecer por separado.

 


La ética bárbara es una ética de adaptación. Pero adaptarse no significa disolverse. Cuanto más inestable es el entorno, más debe venir el equilibrio desde el interior. Sin un afianzamiento psicológico, la adaptabilidad se convierte en otra forma de sumisión.

Para que esta adaptación siga siendo posible, es necesaria una base mínima.

Regla 1 — No agotar prematuramente lo posible No actuar de manera que se vuelva imposible toda coexistencia futura, por crueldad, humillación o destrucción inútil.

Regla 2 — Asumir íntegramente los efectos de los propios actos Toda acción compromete a quien la realiza, sin negación ni dilución de la responsabilidad.

Regla 3 — No volver inútilmente imposible la alianza El otro no es un aliado por defecto, pero no debe ser condenado a no llegar a serlo nunca.

Estas reglas serían insuficientes sin una vigilancia común frente a las fuerzas que constriñen a los propios bárbaros. Sistemas técnicos, dispositivos económicos, estructuras políticas: estas fuerzas no negocian y transforman a los individuos en variables.

Regla 4 — No servir a lo que desarma colectivamente No reforzar aquello que reduce de manera duradera la capacidad de actuar, de aliarse o de retirarse.

Estas reglas no garantizan ni la paz ni la justicia. No impiden ni la violencia ni el fracaso. Solo trazan una línea mínima de contención para bárbaros lúcidos, conscientes de que sobrevivir juntos, aunque sea provisionalmente, vale a veces más que triunfar solos — y de que el verdadero peligro no es el otro, sino aquello que vuelve ficticia toda responsabilidad e imposible toda alianza.

Cuando las reglas dejan de contener la violencia, solo quedan dos opciones: convertirse en un bárbaro sin límites, o intentar serlo con reglas — y la ética bárbara comienza exactamente ahí.

 

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